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  • Las empresas compran Bitcoin como si hubieran descubierto tarde el oro digital. Pero el verdadero poder de la red sigue estando en las claves privadas, los usuarios y una escasez que nadie puede imprimir

    Las empresas compran Bitcoin como si hubieran descubierto tarde el oro digital. Pero el verdadero poder de la red sigue estando en las claves privadas, los usuarios y una escasez que nadie puede imprimir

    Bitcoin ya no se parece al experimento marginal que circulaba en foros, listas de correo y comunidades de programadores. Hoy aparece en balances corporativos, fondos cotizados, estrategias de tesorería y conversaciones de Wall Street. La imagen cambió muchísimo. Pero eso no significa que Bitcoin haya cambiado del todo.

    La narrativa más fácil dice que las grandes empresas llegaron para quedarse con el juego. Y hay datos para entender por qué esa lectura seduce: según BitcoinTreasuries.net, las compañías públicas que declaran Bitcoin en sus balances ya superan los 1,26 millones de BTC, mientras que los ETF, exchanges y otros vehículos custodian más de 1,62 millones de BTC. En esa misma fotografía, Strategy aparece como el mayor tenedor corporativo, con 846.842 BTC reportados.

    Pero esa lectura tiene una trampa. Acumular Bitcoin no es lo mismo que controlar Bitcoin.

    La diferencia parece técnica, pero es el corazón de todo. Una empresa puede comprar muchos BTC. Un ETF puede custodiar monedas para miles de inversores. Un gobierno puede incautar fondos. Pero la red no funciona como una compañía con directorio, ni como un banco central, ni como una acción donde el mayor accionista decide el rumbo del protocolo.

    Las empresas llegaron con dinero; los primeros usuarios llegaron con convicción

    El verdadero dueño de Bitcoin no lleva traje: por qué los individuos aún controlan el juego
    © Pixabay / photographersupreme.

    El caso de Strategy (la antigua MicroStrategy) resume mejor que ningún otro el giro institucional de Bitcoin. La compañía convirtió el activo en el centro de su estrategia financiera y, compra tras compra, se transformó en una especie de proxy bursátil para quienes quieren exposición a BTC sin comprarlo directamente. En su propia página de compras, Strategy informa que al 15 de junio de 2026 su reserva ascendía a 846.842 BTC, con un precio medio de adquisición de 75.656 dólares.

    Esa cifra impresiona. También marca algo importante: las corporaciones ya no miran Bitcoin desde afuera. Lo están integrando como reserva, como narrativa de mercado y como activo estratégico.

    Pero Bitcoin no nació para que una empresa lo administrara. Nació precisamente para que el dinero pudiera existir sin depender de una autoridad central. Por eso el dato clave no es solo cuántas monedas tiene una compañía, sino qué puede hacer con ellas. Y ahí la respuesta es bastante menos espectacular: puede comprarlas, venderlas, custodiarlas o prestarlas. No puede cambiar por sí sola las reglas de emisión, no puede crear más BTC y no puede reescribir el consenso de la red simplemente por tener una billetera enorme.

    River lo resume de forma bastante directa: todos los bitcoin están controlados por claves privadas, pero la propiedad de grandes cantidades no otorga control sobre la red Bitcoin.

    La escasez fue la primera defensa contra la captura

    Lo más brillante del diseño de Bitcoin no fue solo crear una moneda digital. Fue ponerle reglas tan simples como duras. El suministro máximo está limitado a 21 millones de BTC, y esa cifra no depende de una reunión de emergencia, de una decisión política ni de una junta corporativa. Según Ledger, a comienzos de 2026 ya se había minado más del 95% del suministro máximo, mientras que el resto se emitirá de forma cada vez más lenta hasta alrededor de 2140.

    Eso cambia por completo la relación entre los recién llegados y los que entendieron antes.

    Las empresas pueden comprar, sí. Pero no pueden pedir una ampliación de capital al protocolo. No pueden convencer a Bitcoin de emitir más monedas para cubrir demanda institucional. No pueden diluir a quienes ya estaban dentro. Si quieren BTC, tienen que ir al mercado y encontrar a alguien dispuesto a vender.

    Esa es la parte que muchas veces queda fuera del relato. Bitcoin no favorece al traje ni al cargo. Favorece al que tiene la clave privada, al que soportó la volatilidad, al que no vendió cuando parecía una locura y al que entiende que la escasez programada cambia el poder de negociación.

    El verdadero dueño no siempre aparece en los rankings

    Los rankings de grandes billeteras son útiles, pero también engañosos. Una dirección puede pertenecer a un exchange que custodia fondos de millones de usuarios. Una sola persona puede controlar muchas direcciones. Un ETF puede tener BTC respaldando participaciones de inversores que no poseen directamente las claves. Y una parte del suministro, además, está perdida para siempre.

    River advierte precisamente que algunas estimaciones descuentan los más de 968.000 BTC atribuidos a Satoshi Nakamoto y alrededor de 1,6 millones de monedas perdidas, lo que reduce de forma práctica el suministro disponible frente al máximo teórico de 21 millones.

    Por eso decir “quién posee Bitcoin” siempre requiere matices. No basta mirar una tabla. Hay que distinguir entre propiedad directa, custodia, exposición financiera y control real.

    El usuario que guarda sus claves en una billetera propia tiene algo que una institución no puede replicar solo con dinero: soberanía directa sobre sus monedas. En cambio, quien compra un ETF tiene exposición al precio, pero no necesariamente control sobre el activo. No es una diferencia menor. Es una diferencia filosófica, técnica y política.

    La institucionalización no destruye la idea original, pero sí la pone a prueba

    El verdadero dueño de Bitcoin no lleva traje: por qué los individuos aún controlan el juego
    © Pixabay / MichaelWuensch.

    Sería ingenuo negar que Bitcoin cambió. La entrada de ETF, empresas públicas y gobiernos le dio liquidez, legitimidad y una presencia financiera imposible de imaginar en sus primeros años. También lo volvió más dependiente del apetito de mercado, de narrativas macroeconómicas y de productos regulados.

    Pero esa institucionalización no borra el diseño original. Lo tensiona.

    Bitcoin está viviendo una paradoja bastante interesante: cuanto más lo compran las instituciones, más se confirma una parte de la tesis de sus primeros defensores. El activo escaso, global y no emitido por Estados empieza a ser tratado como reserva. Al mismo tiempo, cuanto más crece esa adopción, más se aleja su imagen pública del ideal cypherpunk inicial.

    Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿Bitcoin sigue siendo una herramienta de soberanía individual si cada vez más gente accede a él mediante empresas, custodios y fondos cotizados?

    La respuesta depende de dónde se mire. Desde el precio, las instituciones importan muchísimo. Desde la filosofía de uso, la autocustodia sigue siendo el punto de quiebre. Desde el protocolo, las reglas siguen siendo las mismas.

    Bitcoin no lo controla quien más grita, sino quien acepta sus reglas

    Los grandes compradores pueden mover titulares. Strategy puede anunciar adquisiciones millonarias. Los ETF pueden absorber demanda. Los gobiernos pueden acumular monedas incautadas. Todo eso importa. Mucho.

    Pero Bitcoin no funciona como un castillo que se conquista comprando suficientes ladrillos. Funciona más bien como un conjunto de reglas compartidas que cada nodo decide aceptar o rechazar. La propiedad de BTC da exposición económica, no autoridad absoluta sobre el sistema.

    Ese es el giro que hace que la historia siga siendo tan extraña. Las empresas llegaron con balances, abogados y comunicados de prensa. Los individuos llegaron antes, muchas veces con dudas, billeteras mal diseñadas y una convicción que parecía exagerada. Hoy el dinero institucional compra lo que esos primeros usuarios decidieron no soltar. Y quizá ahí esté la verdadera señal de poder. No en los titulares sobre quién compró más esta semana, sino en algo mucho más silencioso: cada BTC que una empresa quiere adquirir tiene que salir de alguien que todavía puede decir que no.

  • Nuevo físico a sus 43 años: así fue la impresionante transformación de Emily Blunt

    Nuevo físico a sus 43 años: así fue la impresionante transformación de Emily Blunt

    • Cómo fue la transformación física de Emily Blunt a los 43 años.
    • Los ejercicios que forman parte de su rutina de entrenamiento.
    • El método que combina fuerza, movilidad y control corporal.
    • Qué rol tuvo su entrenadora en el cambio de la actriz.

    Nuevo físico a sus 43 años: la actriz Emily Blunt sorprendió con su renovada condición física. Su entrenadora personal reveló la rutina que combina fuerza, movilidad y movimientos inspirados en el ballet para mantenerla en forma. Así fue su impresionante transformación.

    La interprete británica, reconocida por sus papeles en películas como El diablo viste de Prada y la próxima producción de Steven Spielberg, volvió a captar la atención por su notable estado físico. Detrás de este cambio se encuentra el trabajo constante junto a Monique Eastwood, su entrenadora personal desde hace más de 12 años.

    Gracias a esta fusión de potencia, agilidad y disciplina constante, Blunt mantiene una condición física que sigue sorprendiendo tanto dentro como fuera de la pantalla.

    Qué hay detrás de la transformación física de Emily Blunt

    Según explicó Eastwood a Women’s Health, la rutina de la actriz se basa en el denominado «Método de Movimiento Eastwood», una disciplina que fusiona ballet, Pilates, yoga, entrenamiento funcional, HIIT y ejercicios de fuerza.

    La especialista destacó que Emily entrena alrededor de cuatro veces por semana, aunque la intensidad y los ejercicios varían según sus proyectos profesionales y sus necesidades físicas. La rutina revelada por su entrenadora incluye movimientos orientados a fortalecer brazos, piernas y abdomen, al mismo tiempo que mejora la coordinación y el equilibrio.

    Los ejercicios principales son:

    • Círculos de pierna en posición de reverencia.
    • Sentadillas a una pierna con elevación de pierna.
    • Ejercicio de arabesque inspirado en el ballet.
    • Zancadas bajas alargadas.
    • Saltos con plié.
    • Postura de perro boca abajo combinada con plancha y flexión.

    Cada movimiento se realiza durante 10 repeticiones por lado, excepto los saltos, que alcanzan las 30 repeticiones. La secuencia completa se repite tres veces. Monique Eastwood asegura que uno de los secretos del método es la variedad. La combinación de movimientos multidireccionales permite estimular diferentes grupos musculares, mejorar la postura y aumentar la resistencia.

  • Se supo quién dio le dio la orden a Flor Peña en Luzu TV para decir la fake news: «Desde Miami…»

    Se supo quién dio le dio la orden a Flor Peña en Luzu TV para decir la fake news: «Desde Miami…»

    Después del escándalo por la fake news que dijo Flor Peña al aire en Luzu TV y de la decisión de Nico Occhiato de desvincular a los productores y a la conductora de El show del verano, se dio a conocer quién le habría dado la orden al piso para que informe la noticia.

    En Intrusos polemizaron acerca del tema y la panelista Paula Varela dio un dato preciso: el encargado de haberle dicho esa información fue Fede Hoffmann, el productor de Marley, quien era parte del programa.

    Paula contó: “El que mandó el mensaje a la productora para que se lo diga a Florencia… ahora no quiero caer sobre él porque era un rumor que tal vez tenía como todos los periodistas teníamos y tal vez quería que Florencia esté al tanto pero no para que tal vez lo diga al aire, el que manda el mensaje para que Florencia sepa es Fede Hoffmann desde Miami”.

    “Se lo dice a la ejecutiva por mensaje que habría sucedido esto. Fede Hoffmann es productor de Marley y también es productor del programa. “Él (por Hoffmann) siempre está ahí, en el lugar donde está la chica que aparentemente es la que le pasa el comentario a Florencia”, agregó.

    Y concluyó: “Pero ahora está en Miami con Marley. Se lo pasa como para que esté al tanto. Él se lo dice a la productora y la productora se lo dice a Florencia”.

    Qué dijo Nicolas Occhiato en su programa

    En el inicio del programa que conduce el empresario, aprovechó para aclarar sobre todo lo que se dijo de Peña al haber malinformado sobre la salud de Jorge Messi. “Uno tiene que tomar decisiones. Hay errores, errores humanos que le pueden pasar a cualquiera. Con esos errores, yo soy el responsable. Hablamos con las personas que teníamos que aclarar, pedimos las disculpas que teníamos que pedir”.

    Reconoció el error, pero señaló que todos los canales volvieron a poner la información errónea al aire: “Quiero decir que, tanto se habló de fake news, y hubo más divulgación de fake news, entonces le saca bastante seriedad cuando el que se jacta de señalar con un dedo al que se equivoca, generando fake news, no merece mi respeto ni el de nadie”.

    En la misma línea de lo que dijo Celia Messi a través de Yanina Latorre, Ochiatto agregó: “Quiero decir que cuando ocurre un error no forzado y sin mala leche, yo tomé una decisión y hay algo que tenemos nosotros que todos los medios se jactaron de querer hacernos mierda, no lo van a lograr nunca”.

    Ante las especulaciones sobre la baja de marcas al canal durante la cobertura del Mundial 2026 explicó: “No se bajó ninguna marca, vamos a ir a todos los partidos. Todo lo que se dijo es mentira. Se pidieron las disculpas y está todo más que bien”.

  • Si los motores de un avión dejan de funcionar, no cae como una piedra: esto es lo que realmente pasa en el aire

    Si los motores de un avión dejan de funcionar, no cae como una piedra: esto es lo que realmente pasa en el aire

    Un avión sin motores sigue siendo un avión

    La idea de que un avión cae en picada cuando sus motores dejan de funcionar es una de las imágenes más extendidas entre los pasajeros. Tiene sentido que genere miedo: asociamos los motores con la capacidad de mantenerse en el aire. Pero, en realidad, las alas son las que sostienen al avión. Los motores aportan empuje, no “sujeción”.

    Si un avión pierde potencia, no se desploma automáticamente. Entra en planeo. Eso significa que sigue avanzando mientras desciende de forma controlada, aprovechando su diseño aerodinámico. La distancia que puede recorrer depende de la altitud, el peso, el viento, la configuración del avión y la habilidad de la tripulación para mantener la velocidad adecuada.

    En términos simples, cuanto más alto esté el avión, más tiempo y distancia tendrá para reaccionar. Un avión comercial a gran altitud puede recorrer decenas de kilómetros sin empuje. Ese margen permite intentar reiniciar los motores, comunicarse con control aéreo y buscar el aeropuerto o la zona de aterrizaje más conveniente.

    Si los motores de un avión dejan de funcionar, no cae como una piedra: esto es lo que realmente pasa en el aire
    © Andrew Ruiz – Unsplash

    Los aviones ya están pensados para perder un motor

    La pérdida de un motor es una emergencia, pero no una sentencia. Los aviones comerciales modernos, especialmente los bimotores, están certificados para seguir volando con un solo motor operativo. Esa capacidad forma parte del diseño, de las pruebas y del entrenamiento de las tripulaciones.

    Por eso, cuando falla un motor, el procedimiento no consiste en “luchar” contra una caída inmediata, sino en estabilizar el avión, asegurar el motor afectado y decidir el mejor aeropuerto alternativo. El vuelo normalmente no continúa como si nada, pero la aeronave conserva capacidad de control y de navegación.

    El escenario más extremo es la pérdida de todos los motores. Es raro, pero está contemplado. En ese caso, los pilotos buscan mantener la mejor velocidad de planeo, evalúan si es posible reiniciar la propulsión y preparan un descenso controlado. La prioridad es conservar energía: altura, velocidad y distancia se convierten en recursos vitales.

    La turbina de emergencia que sale al rescate

    Muchos aviones comerciales tienen un sistema de respaldo llamado RAT, por sus siglas en inglés: Ram Air Turbine. Es una pequeña turbina que se despliega en situaciones extremas y aprovecha el flujo de aire para generar energía eléctrica o presión hidráulica.

    Su función no es reemplazar a los motores ni hacer que el avión vuelva a volar con normalidad. Lo que hace es mantener activos sistemas esenciales, como ciertos instrumentos, controles de vuelo o circuitos hidráulicos necesarios para que los pilotos puedan seguir manejando la aeronave.

    Es una de esas piezas que los pasajeros casi nunca ven, pero que resume muy bien la filosofía de la aviación comercial: no depender de un único sistema. Si falla una fuente de energía, hay otra. Si falla un motor, queda el otro. Si falla la propulsión, el avión planea. Y si se pierde energía principal, existen sistemas de emergencia.

    Si los motores de un avión dejan de funcionar, no cae como una piedra: esto es lo que realmente pasa en el aire
    © Andrew Ruiz – Unsplash

    Los casos reales muestran por qué el entrenamiento importa

    La historia de la aviación tiene ejemplos famosos. En 2009, el vuelo 1549 de US Airways perdió casi todo el empuje de ambos motores tras impactar con aves poco después de despegar de Nueva York. El capitán Chesley “Sully” Sullenberger y su tripulación lograron amerizar en el río Hudson, y las 155 personas a bordo sobrevivieron.

    Otro caso muy recordado es el vuelo 143 de Air Canada, conocido como el “Gimli Glider”. En 1983, un error de carga de combustible dejó sin motores a un Boeing 767 en pleno vuelo. La tripulación consiguió planear durante una larga distancia y aterrizar en una antigua base aérea.

    Estos episodios son excepcionales, pero demuestran algo importante: la seguridad aérea no depende solo de que nada falle. Depende de que, cuando algo falla, existan márgenes, sistemas redundantes y pilotos entrenados para responder.

    La pérdida total de motores sigue siendo una emergencia grave. Nadie debería minimizarla. Pero tampoco es el escenario cinematográfico de un avión cayendo sin control. La realidad es menos espectacular y mucho más interesante: incluso sin motores, un avión comercial conserva capacidad de planeo, sistemas de respaldo y procedimientos diseñados para convertir una situación extrema en una oportunidad de aterrizaje.

     

     

    Fuente: Infobae.

  • Tu hijo no llega solo al aula: llega con horas de algoritmo encima, y la escuela está empezando a pagar el costo

    Tu hijo no llega solo al aula: llega con horas de algoritmo encima, y la escuela está empezando a pagar el costo

    El algoritmo también educa, aunque nadie lo haya elegido

    Durante años hablamos del celular como si fuera apenas una distracción. Algo que quita tiempo de estudio, interrumpe el sueño o roba atención durante una comida familiar. Pero esa mirada empieza a quedar corta. Las plataformas digitales no solo entretienen: también organizan deseos, comparaciones, emociones y formas de vincularse.

    En el caso de los adolescentes, esa influencia llega en una etapa especialmente sensible. La identidad todavía se está formando, la autoestima depende mucho de la mirada ajena y la pertenencia al grupo puede sentirse como una necesidad absoluta. Justo ahí entran plataformas diseñadas para capturar atención durante el mayor tiempo posible.

    Documentos internos de TikTok citados en demandas judiciales en Estados Unidos señalaron que el uso repetido de la aplicación podía instalar patrones de consumo muy rápido. Más allá de la cifra exacta, el punto de fondo es inquietante: las plataformas conocen cada vez mejor qué retiene a un usuario joven, qué lo hace volver y qué tipo de contenido genera reacción inmediata.

    El problema no termina cuando se apaga la pantalla. Muchas veces continúa en el aula.

    La comparación permanente entra a la escuela

    Un adolescente no llega al colegio como una hoja en blanco. Llega con lo que vio, con lo que le dijeron, con los videos que consumió, con las métricas que lo ordenaron durante horas. Likes, vistas, comentarios, filtros, cuerpos perfectos, vidas editadas y rankings invisibles construyen una forma de medir el propio valor.

    Cuando esa comparación se vuelve constante, la frustración encuentra pocos lugares sanos para procesarse. A veces aparece como ansiedad, aislamiento o tristeza. Otras, como agresión, burla o necesidad de dominar a otro para recuperar una sensación de poder. La violencia escolar no nace únicamente en las redes, pero las redes pueden amplificarla, darle lenguaje, darle público y hacerla circular sin descanso.

    El bullying ya no termina necesariamente cuando suena el timbre. Puede seguir en un grupo de WhatsApp, en una historia de Instagram, en un video editado o en un comentario anónimo. Esa continuidad vuelve más difícil escapar del daño, porque el hostigamiento deja de tener un lugar y un horario. Puede aparecer en cualquier momento.

    No alcanza con prohibir: hay que enseñar criterio

    La respuesta más simple sería quitar pantallas. Pero la vida digital ya forma parte del mundo adolescente, y la escuela no puede limitarse a pelear contra una realidad que existe fuera y dentro del aula. El desafío es más complejo: enseñar a habitar esos entornos con criterio.

    Eso implica hablar de inteligencia artificial, pero no solo como herramienta para hacer tareas. Hay que enseñar con IA, enseñar sobre IA y, sobre todo, enseñar por qué existe la IA: qué intereses la diseñan, qué datos captura, qué comportamientos premia y qué tipo de atención necesita para sostener su negocio.

    Cuando un estudiante aprende a crear, argumentar, verificar, publicar con voz propia y comprender cómo funcionan los sistemas que lo rodean, su relación con la pantalla cambia. Deja de ser únicamente consumidor de estímulos y empieza a convertirse en sujeto capaz de interpretar el entorno digital.

    Tu hijo no llega solo al aula: llega con horas de algoritmo encima, y la escuela está empezando a pagar el costo
    © Magnific

    El vínculo humano sigue siendo la tecnología más difícil de reemplazar

    En este escenario, el rol docente se vuelve más importante, no menos. Un algoritmo puede personalizar contenidos, detectar patrones y recomendar respuestas, pero no conoce la historia completa de un estudiante. No sabe qué silencios son normales, qué mirada cambió, qué broma dejó de ser broma o qué conflicto está creciendo debajo de la superficie.

    Un docente atento, una familia disponible y una institución que escucha pueden funcionar como contrapeso frente a plataformas que optimizan atención, no bienestar. La autoestima no se reconstruye solo con campañas ni con controles parentales. Se reconstruye con presencia, continuidad y vínculos reales.

    La inteligencia artificial no es destino. Las redes tampoco. Pero sí son entornos que moldean hábitos, emociones y formas de relacionarse. Por eso la pregunta ya no es solo qué hacen los chicos con el celular. La pregunta urgente es qué está haciendo el celular con ellos mientras los adultos creen que solo están mirando videos.

     

     

    Fuente: La Nación.

  • El Segway iba a cambiar las ciudades, pero terminó convertido en una advertencia: no alcanza con inventar el futuro antes de tiempo

    El Segway iba a cambiar las ciudades, pero terminó convertido en una advertencia: no alcanza con inventar el futuro antes de tiempo

    El invento que parecía llegado del futuro

    A comienzos del siglo XXI, el Segway parecía una de esas máquinas destinadas a cambiarlo todo. Tenía dos ruedas paralelas, una plataforma central, un manillar vertical y un sistema de autoequilibrio que permitía avanzar simplemente inclinando el cuerpo. No necesitaba pedales, no hacía ruido y funcionaba con electricidad.

    Su creador, Dean Kamen, no era un improvisado. Antes del Segway ya había desarrollado tecnologías médicas avanzadas, incluida la silla de ruedas iBOT, capaz de subir escaleras y mantenerse en equilibrio sobre dos ruedas. De ese sistema de giroscopios, sensores y control computarizado nació la idea de un transporte personal urbano que prometía hacer más simples los desplazamientos cortos.

    Cuando el Segway se presentó oficialmente en 2001, la expectativa fue enorme. Se hablaba de una revolución comparable a la llegada del automóvil. La promesa era clara: un vehículo limpio, individual y fácil de usar que podía reducir la dependencia del coche en trayectos urbanos. Sobre el papel, tenía todos los ingredientes para triunfar.

    Pero la ciudad real no siempre se comporta como una demostración tecnológica.

    El Segway iba a cambiar las ciudades, pero terminó convertido en una advertencia: no alcanza con inventar el futuro antes de tiempo)
    © Segway miniPRO – Youtube.

    Demasiado caro, demasiado raro y demasiado temprano

    El primer gran obstáculo fue el precio. El Segway original costaba varios miles de dólares, una cifra difícil de justificar para un vehículo personal que no reemplazaba por completo al coche, la bicicleta ni el transporte público. Era innovador, sí, pero también pesado, voluminoso y extraño para el uso cotidiano.

    Además, su lugar en la ciudad nunca estuvo del todo claro. ¿Debía circular por la vereda, por la calle o por carriles especiales? ¿Era un vehículo, un dispositivo recreativo o una herramienta profesional? Esa indefinición limitó su adopción. Muchos lo veían más como una curiosidad tecnológica que como una solución práctica de movilidad.

    Donde sí encontró cierto espacio fue en nichos muy concretos: tours turísticos, aeropuertos, centros comerciales, vigilancia privada y cuerpos de seguridad. Allí tenía sentido porque permitía recorrer grandes superficies sin caminar durante horas. Pero ese mercado era mucho más pequeño que la revolución urbana que se había prometido.

    Con el tiempo, el Segway se volvió más famoso por sus caídas virales que por su utilidad diaria. Su imagen futurista quedó mezclada con videos de turistas perdiendo el equilibrio, apariciones en series y escenas cómicas. El vehículo que quería simbolizar el futuro terminó convertido también en meme.

    La caída de un icono y la supervivencia de una marca

    La historia tuvo además un episodio trágico. En 2009, la empresa fue comprada por el empresario británico Jimi Heselden. Apenas unos meses después, Heselden murió en un accidente mientras conducía un Segway cerca de su propiedad en Reino Unido. La noticia recorrió el mundo y reforzó una asociación incómoda para una marca que ya luchaba por sostener su imagen.

    Segway volvió a cambiar de manos en 2015, cuando fue adquirida por la empresa china Ninebot. Ese movimiento marcó el inicio de una nueva etapa. La compañía intentó mantener viva la tecnología de autoequilibrio, pero el modelo clásico ya estaba perdiendo relevancia frente a una nueva ola de vehículos eléctricos mucho más baratos y simples: los patinetes eléctricos.

    En 2020 llegó el final simbólico. La producción del Segway PT, el modelo original de dos ruedas y manillar, se detuvo después de casi dos décadas. No desapareció porque fuera una mala idea desde el punto de vista técnico. De hecho, su ingeniería era uno de sus puntos más admirados. El problema fue otro: no logró convertirse en un producto masivo.

    El Segway perdió, pero su idea ganó

    La gran ironía es que el Segway fracasó justo antes de que el mundo aceptara algo muy parecido a lo que proponía. Hoy las ciudades están llenas de patinetes eléctricos, bicicletas asistidas, monociclos eléctricos y dispositivos de micromovilidad que siguen la misma lógica: trayectos cortos, energía eléctrica y transporte individual.

    La diferencia es que esos vehículos llegaron con precios más bajos, diseños más simples y una cultura urbana más preparada para aceptarlos. El Segway abrió una puerta, pero otros pasaron por ella con productos más accesibles.

    La marca, por su parte, no murió. Segway-Ninebot sigue vendiendo patinetes eléctricos, karts, vehículos todoterreno, robots cortacésped y otros dispositivos de movilidad. El nombre Segway ya no está atado únicamente a aquel vehículo de dos ruedas que parecía salido de una película futurista, sino a un catálogo mucho más amplio.

    La historia del Segway deja una lección clara: inventar algo antes que nadie no garantiza conquistar el mercado. A veces una tecnología puede ser brillante y aun así fracasar porque llega demasiado pronto, cuesta demasiado o no encaja con los hábitos de la gente. El Segway no cambió las ciudades como prometía. Pero ayudó a imaginar una movilidad urbana que, años después, sí terminó llegando.

     

     

    Fuente: Hipertextual.

  • Tesla ya no quiere que apagues su conducción autónoma en silencio: ahora debes explicar por qué tomaste el control

    Tesla ya no quiere que apagues su conducción autónoma en silencio: ahora debes explicar por qué tomaste el control

    Tesla quiere saber por qué le quitaste el volante

    Cada vez que un conductor toma el control mientras Full Self-Driving está activo, Tesla obtiene una información valiosísima. No solo sabe que el humano intervino, sino que puede intentar entender qué estaba pasando en ese momento: una mala maniobra, una duda del sistema, un estacionamiento incómodo, una intersección difícil o simplemente una decisión preventiva del conductor.

    Hasta ahora, algunos usuarios habían encontrado una forma de esquivar esa pregunta. Cuando aparecía el menú que pedía explicar por qué se había desconectado FSD, bastaba con tocar dos veces el icono del micrófono. El primer toque iniciaba una nota de voz y el segundo la cerraba casi al instante. El aviso desaparecía sin que el conductor tuviera que elegir ninguna categoría ni grabar una explicación útil.

    Ese truco ya no funciona. Tesla modificó el sistema para que, al iniciar una nota de voz, no pueda cortarse de inmediato. Ahora aparece una cuenta regresiva y el conductor debe esperar unos segundos antes de cancelar la grabación. En la práctica, el atajo pierde sentido: es más rápido elegir una opción del menú que intentar evitarlo.

    Una molestia para el conductor, oro puro para Tesla

    El cambio puede parecer menor, pero tiene una lógica muy clara. Tesla está entrenando un sistema de conducción asistida con datos reales de millones de kilómetros recorridos por sus usuarios. Cada desconexión de FSD es una pista sobre un escenario donde el coche no resolvió bien la situación o donde el conductor no confió en lo que estaba haciendo.

    Por eso la empresa no quiere que esas intervenciones queden sin contexto. Saber que alguien tomó el volante es útil, pero saber por qué lo hizo es mucho más importante. No es lo mismo intervenir porque el coche dudó al estacionar, porque eligió mal un carril, porque se acercó demasiado a otro vehículo o porque el conductor simplemente se sintió incómodo.

    Las categorías del menú apuntan justamente a ordenar esa información. Tesla puede agrupar problemas, detectar patrones y decidir qué corregir primero. Si miles de usuarios desconectan FSD por maniobras de estacionamiento, esa área se vuelve prioritaria. Si las intervenciones se concentran en cruces complejos o navegación, el entrenamiento del modelo puede enfocarse ahí.

    FSD sigue siendo supervisado, aunque el nombre confunda

    El detalle importante es que Full Self-Driving no convierte al Tesla en un coche completamente autónomo. La propia empresa lo presenta como FSD Supervisado, un sistema avanzado de asistencia a la conducción que requiere que el conductor mantenga la atención y esté preparado para actuar en cualquier momento.

    Eso significa que las intervenciones no son una excepción rara, sino parte del funcionamiento actual del sistema. El humano sigue siendo responsable de supervisar la conducción, corregir errores y tomar el control cuando lo considere necesario. Tesla, mientras tanto, usa esos momentos como datos para mejorar el software.

    La tensión está en que el conductor necesita intervenir rápido, pero el sistema también quiere capturar una explicación. Desde el punto de vista de Tesla, pedir feedback inmediato mejora la calidad de los datos. Desde el punto de vista del usuario, puede sentirse como una molestia añadida justo después de una situación incómoda o potencialmente estresante.

    El coche aprende, pero también exige más del humano

    Este cambio muestra una paradoja central de la conducción autónoma actual: cuanto más inteligente quiere volverse el sistema, más necesita del conductor. Tesla no solo necesita que el humano supervise; también necesita que le diga dónde falló, qué le incomodó y qué debería mejorar.

    La empresa está construyendo su ventaja a partir de una flota enorme que circula todos los días. Cada intervención puede convertirse en una señal para entrenar futuras versiones de FSD. Pero eso también convierte a los conductores en una especie de evaluadores permanentes del sistema.

    La pregunta de fondo no es solo si Tesla tiene derecho a pedir esa información, sino cómo equilibra la necesidad de datos con la experiencia del usuario. Porque un aviso obligatorio puede ayudar a mejorar el software, pero también recuerda algo que la marca a veces parece querer disimular: la conducción autónoma todavía no es autónoma. Y por ahora, cuando el coche duda, el humano no solo debe tomar el control. También debe explicar por qué.

     

     

    Fuente: Infobae.

  • Estados Unidos acaba de sumar un nuevo 747 presidencial, pero el avión llega con una carga mucho más pesada que su tamaño: un regalo de Qatar

    Estados Unidos acaba de sumar un nuevo 747 presidencial, pero el avión llega con una carga mucho más pesada que su tamaño: un regalo de Qatar

    Un avión presidencial nunca es solo un avión

    Un avión presidencial no es simplemente un medio de transporte. En Estados Unidos, es una oficina en el aire, un centro de comunicaciones, un símbolo de poder y una pieza estratégica de seguridad nacional. Por eso, cada cambio en la flota que puede transportar al presidente se analiza con una lupa muy distinta a la de cualquier aeronave comercial o militar.

    El nuevo protagonista es un Boeing 747-8 modificado que acaba de ser presentado en la Base Conjunta Andrews. A simple vista, la imagen impresiona: un Jumbo con una nueva librea roja, blanca, azul y dorada, preparado para incorporarse a la flota ejecutiva estadounidense. Sin embargo, el contexto detrás del avión es mucho más complejo que una simple modernización.

    El aparato no fue comprado directamente a Boeing como parte del programa principal de reemplazo presidencial. Procede de Qatar y fue aceptado como regalo por el gobierno estadounidense para ser adaptado a misiones oficiales. Ese origen es precisamente lo que convirtió su llegada en una noticia política, legal y diplomática, además de aeronáutica.

    Estados Unidos acaba de sumar un nuevo 747 presidencial, pero el avión llega con una carga mucho más pesada que su tamaño: un regalo de Qatar
    © EL PAÍS – Youtube.

    Un avión puente para una flota envejecida

    La explicación operativa es clara. Los actuales VC-25A, los Boeing 747-200B que durante décadas se asociaron con el Air Force One, están en servicio desde 1990. Son aviones icónicos, pero también cada vez más antiguos, con periodos de mantenimiento más largos y una presión operativa creciente.

    Mientras tanto, el programa definitivo para reemplazarlos acumula retrasos. Boeing debe entregar dos nuevos VC-25B basados en el 747-8, pero el calendario se ha ido desplazando y la entrega se espera más adelante de lo previsto inicialmente. En ese hueco aparece este nuevo avión, pensado como una solución temporal para reforzar la continuidad del transporte presidencial.

    Conviene aclarar un punto importante: “Air Force One” no es el nombre fijo de un avión, sino el indicativo que recibe cualquier aeronave de la Fuerza Aérea estadounidense cuando el presidente viaja a bordo. Por eso, este 747 solo será Air Force One cuando transporte al presidente. El resto del tiempo será parte de una flota presidencial mucho más amplia.

    El regalo de Qatar abre una polémica difícil de esquivar

    El problema es que un avión de estas características no es un obsequio cualquiera. Su valor se estima en cientos de millones de dólares y su adaptación a estándares presidenciales puede costar todavía mucho más. Eso abrió preguntas inmediatas en Washington: ¿puede un gobierno extranjero regalar una plataforma de este nivel? ¿Qué implicancias tiene para la independencia política? ¿Cómo se garantiza que no existan riesgos ocultos?

    La Fuerza Aérea sostiene que el avión fue revisado, modificado y protegido para cumplir con las exigencias de la misión presidencial. Las adaptaciones incluyen comunicaciones seguras, sistemas de defensa y protocolos para detectar posibles vulnerabilidades. Aun así, muchas capacidades sensibles no se detallan públicamente por razones obvias de seguridad nacional.

    Ese silencio técnico es comprensible, pero también alimenta el debate. En una aeronave presidencial, la confianza no se limita al fuselaje, los motores o la comodidad interior. También incluye quién tuvo acceso previo al avión, qué sistemas fueron reemplazados, cuánto costó realmente la conversión y qué riesgos se aceptaron para acelerar el proceso.

    Una solución práctica con un coste político evidente

    Desde el punto de vista operativo, el movimiento tiene lógica: Estados Unidos necesita mantener una flota presidencial confiable mientras espera los aviones definitivos. Desde el punto de vista político, el camino elegido es mucho más delicado. Un avión regalado por Qatar no puede separarse fácilmente de las dudas sobre influencia extranjera, diplomacia y posibles conflictos de interés.

    El nuevo 747 nace, entonces, con una doble función. Por un lado, será un avión puente para aliviar una transición retrasada. Por otro, se convierte en un símbolo de cómo incluso una decisión técnica puede transformarse en un debate sobre poder, transparencia y seguridad.

    Estados Unidos acaba de sumar un avión imponente a su flota presidencial. Pero la verdadera pregunta no es solo cuándo empezará a volar con el presidente a bordo. La pregunta de fondo es cuánto cuesta, política y estratégicamente, aceptar un regalo de este tamaño cuando lo que está en juego no es un avión cualquiera, sino una extensión volante de la Casa Blanca.

     

     

    Fuente: Xataka.

  • El fundador de Scale AI dice que no quiere tener hijos hasta que existan chips cerebrales como Neuralink. Su idea mezcla crianza, inteligencia artificial y una pregunta incómoda sobre el futuro humano

    El fundador de Scale AI dice que no quiere tener hijos hasta que existan chips cerebrales como Neuralink. Su idea mezcla crianza, inteligencia artificial y una pregunta incómoda sobre el futuro humano

    La inteligencia artificial ya no aparece solo en debates sobre empleo, productividad o automatización. Poco a poco, también empieza a meterse en conversaciones más íntimas: cómo aprendemos, cómo nos relacionamos, cómo imaginamos el futuro y, en el caso de Alexandr Wang, incluso cuándo conviene tener hijos.

    El fundador de Scale AI lanzó una idea bastante extrema durante una entrevista en The Shawn Ryan Show: quiere esperar a que tecnologías como Neuralink, o cualquier otra interfaz cerebro-computadora, estén suficientemente desarrolladas antes de ser padre. No lo plantea como una simple excentricidad tecnológica, sino como una decisión ligada a cómo cree que crecerán las próximas generaciones en un mundo dominado por la IA.

    Según recogió Business Insider, Wang dijo que no quiere tener hijos “hasta que Neuralink u otras interfaces cerebro-computadora estén disponibles”. Su argumento se apoya en una idea conocida de la neurociencia: durante los primeros años de vida, el cerebro tiene una capacidad de adaptación especialmente alta. Para él, eso significa que un niño que crezca con una interfaz cerebral podría integrar esa tecnología de una forma mucho más natural que un adulto.

    La idea no es solo tener un chip: es crecer con él

    El experto que no quiere tener hijos hasta que el cerebro humano se conecte con computadoras
    © Unsplash / Wolfgang Hasselmann.

    La parte más llamativa de la reflexión de Wang no es que hable de Neuralink, sino que sitúe el debate en la infancia. En su visión, los primeros años serían una especie de ventana de oportunidad para que el cerebro aprenda a usar una conexión digital como si fuera una extensión más del cuerpo.

    Durante la entrevista, Wang comparó esa etapa temprana con otros procesos del desarrollo humano. Su razonamiento es que, si ciertas capacidades se incorporan demasiado tarde, el cerebro ya no las asimila igual. Por eso cree que quienes crezcan desde pequeños con una interfaz cerebro-computadora podrían usarla de formas difíciles de imaginar hoy. The Times of India, que también recogió sus declaraciones, citó su explicación sobre los primeros siete años de vida como una fase de neuroplasticidad especialmente intensa.

    La idea, claro, tiene algo de provocación. También tiene algo de síntoma. Silicon Valley lleva años hablando de la inteligencia artificial como si fuera una fuerza inevitable ante la que el ser humano debe adaptarse. Wang lleva esa lógica un paso más allá: no basta con enseñar a los niños a usar IA; habría que preparar sus cerebros para convivir con ella desde el principio.

    Ahí es donde la frase deja de ser una anécdota rara y empieza a parecer una pregunta de época. Porque una cosa es usar una computadora. Otra muy distinta es que la computadora forme parte del modo en que un niño aprende, percibe y actúa.

    Neuralink ya está en humanos, pero sigue estando lejos de ese futuro

    El experto que no quiere tener hijos hasta que el cerebro humano se conecte con computadoras
    © Unsplash / Aakash Dhage.

    Aunque todo esto suene a ciencia ficción, Neuralink ya dio sus primeros pasos en personas. La propia compañía describe sus ensayos clínicos como una vía para que pacientes puedan controlar dispositivos con la mente, comunicarse mediante sus pensamientos o, en futuras líneas de investigación, recuperar capacidades perdidas.

    El caso más conocido es el de Noland Arbaugh, el primer paciente humano de Neuralink. Arbaugh, que quedó tetrapléjico tras un accidente, recibió el implante y consiguió controlar un cursor, navegar por internet y jugar videojuegos usando señales cerebrales. El avance es enorme, sobre todo cuando se entiende desde el terreno médico: no como una fantasía transhumanista, sino como una herramienta para devolver autonomía a personas que la perdieron.

    El implante N1 de Neuralink registra actividad cerebral mediante 1.024 electrodos distribuidos en 64 hilos, según el folleto oficial del estudio PRIME de la compañía. Ese detalle técnico importa porque muestra la ambición del sistema: captar señales neuronales con suficiente precisión como para traducirlas en comandos digitales.

    Pero también conviene no romantizarlo. La tecnología sigue siendo experimental. No estamos ante un producto comercial listo para niños, ni mucho menos ante una herramienta educativa masiva. Estamos ante ensayos clínicos, pacientes cuidadosamente seleccionados y un campo donde los avances reales conviven con promesas enormes.

    El problema: cuando el cerebro entra en internet, también entran los riesgos

    El experto que no quiere tener hijos hasta que el cerebro humano se conecte con computadoras
    © Unsplash / Alex Shuper.

    El primer implante de Neuralink también tuvo problemas. Según informó The Guardian, algunos de los hilos que conectaban el chip con el cerebro de Arbaugh comenzaron a retraerse, lo que redujo la cantidad de electrodos efectivos y afectó el rendimiento del dispositivo. Neuralink ajustó el sistema mediante cambios de software y logró recuperar parte de la funcionalidad, pero el episodio dejó claro que esta frontera todavía es frágil.

    Ese detalle es clave para bajar la discusión a tierra. Una interfaz cerebro-computadora no es una app que se actualiza y ya está. Es un dispositivo implantado en el cuerpo. Depende de cirugía, de estabilidad biológica, de mantenimiento, de seguridad, de consentimiento informado y de una infraestructura tecnológica que podría condicionar la vida de una persona durante años. Y después está el otro gran tema: la privacidad mental.

    Un estudio reciente sobre privacidad en interfaces cerebro-computadora advierte que los riesgos no se limitan a la filtración de señales neuronales en bruto. También incluyen datos derivados, modelos entrenados con esa información, inferencias sobre el usuario y posibles usos secundarios de datos que, por definición, nacen de la actividad del sistema nervioso.

    Dicho de forma simple: si hoy preocupa que una empresa sepa qué compramos, qué vemos o dónde estamos, el salto a datos cerebrales abre una categoría completamente distinta. Ya no hablamos solo de comportamiento. Hablamos de intención, atención, emoción, patrones cognitivos y quizá, en el futuro, formas todavía más profundas de lectura mental.

    La pregunta incómoda no es si podremos hacerlo, sino para qué

    La frase de Wang funciona porque condensa dos impulsos muy actuales. Por un lado, la fascinación por mejorar al ser humano con tecnología. Por otro, el miedo a que la inteligencia artificial avance tan rápido que nuestros cuerpos, cerebros e instituciones queden desfasados.

    Su idea puede leerse como una visión futurista o como una exageración típica de la élite tecnológica. Pero incluso si uno no comparte su postura, el debate que abre es real. ¿La próxima generación tendrá que adaptarse a la IA desde la educación o desde la biología? ¿Quién decidirá cuándo una mejora tecnológica es deseable? ¿Qué pasa si solo algunos pueden acceder a ella? ¿Y qué significa criar a un niño pensando que necesita una conexión cerebral para estar preparado para el mundo?

    Por ahora, Neuralink está mucho más cerca de ayudar a personas con parálisis que de crear niños aumentados. Esa diferencia importa. Muchísimo. Pero la conversación ya se está moviendo. Y cuando empresarios de la IA empiezan a hablar de paternidad en términos de chips cerebrales, quizá la noticia no sea solo lo que quieren hacer con las máquinas. También es lo que empiezan a imaginar para nosotros.

  • Crean una “nariz electrónica” con IA capaz de oler comida en mal estado antes de que el ser humano pueda detectarlo

    Crean una “nariz electrónica” con IA capaz de oler comida en mal estado antes de que el ser humano pueda detectarlo

    Una nariz artificial para detectar lo que no siempre podemos oler

    El olfato humano puede advertirnos cuando una comida huele mal, pero no siempre llega a tiempo. Algunos alimentos comienzan a descomponerse antes de emitir un olor evidente, y ciertos alérgenos pueden estar presentes en cantidades tan pequeñas que resultan imposibles de detectar sin análisis específicos. Ahí es donde una nueva “nariz electrónica” podría marcar la diferencia.

    Investigadores de la Universidad de California en Berkeley desarrollaron un chip sensor capaz de identificar los gases que liberan distintos alimentos, tanto frescos como en mal estado. También puede detectar la presencia de frutos secos alergénicos, como nuez, maní, avellana o anacardo, a partir de las sustancias volátiles que desprenden. La idea es que la tecnología funcione como un olfato artificial, pero con una sensibilidad y una objetividad mucho mayores.

    El dispositivo no “huele” como una persona. En realidad, analiza las señales químicas que flotan en el aire alrededor de los alimentos. Cuando una fruta madura, una carne empieza a deteriorarse o un producto contiene trazas de un alérgeno, libera compuestos orgánicos volátiles. El chip detecta esas señales y luego una inteligencia artificial se encarga de interpretar el patrón.

    El chip combina 16 sensores y aprendizaje automático

    La clave está en que el sistema no depende de un único sensor. El chip incluye 16 sensores diferentes, cada uno recubierto con materiales sensibles distintos. Esa variedad le permite reaccionar de maneras diferentes frente a cada tipo de gas, generando una especie de huella química única para cada alimento o estado de conservación.

    El corazón del dispositivo son transistores de nanotubos de carbono, estructuras extremadamente pequeñas y sensibles a cambios químicos en el ambiente. Cuando las moléculas liberadas por los alimentos entran en contacto con los sensores, producen variaciones eléctricas. Esas variaciones, por sí solas, no dicen demasiado; pero combinadas y analizadas con IA permiten reconocer patrones muy sutiles.

    Durante las pruebas, los investigadores expusieron el chip a alimentos frescos, productos envejecidos y frutos secos asociados a alergias. El sistema logró diferenciar entre varias muestras con una precisión superior al 90 %. También pudo detectar cantidades muy pequeñas de nuez, lo que apunta a un posible uso futuro para personas con alergias alimentarias graves.

    La seguridad alimentaria podría volverse más inteligente

    Una de las aplicaciones más claras está en los electrodomésticos inteligentes. En el futuro, un refrigerador podría advertir que un alimento está empezando a descomponerse antes de que el olor sea evidente. También podría ayudar a reducir desperdicios, evitando tirar comida que todavía está en buen estado o alertando cuando un producto ya no es seguro.

    La industria alimentaria también podría beneficiarse. Un sensor de este tipo permitiría controlar la frescura de carnes, lácteos, frutas o productos envasados de forma rápida, objetiva y no invasiva. En lugar de depender únicamente de fechas de vencimiento o inspecciones visuales, se podría medir directamente lo que el alimento está liberando al aire.

    El potencial para detectar alérgenos es otro punto importante. Para personas con alergias severas, incluso una pequeña contaminación cruzada puede representar un riesgo. Un sistema portátil capaz de identificar trazas de ciertos frutos secos podría convertirse en una herramienta útil, aunque todavía harían falta más pruebas antes de pensar en un uso cotidiano o médico.

    Por ahora, la nariz electrónica sigue siendo una tecnología experimental. Sus creadores deberán probarla en ambientes más complejos, con mezclas de alimentos, humedad variable y olores superpuestos, que son condiciones mucho más parecidas a las de una cocina real o una planta de producción.

    Aun así, el avance muestra hacia dónde puede ir la seguridad alimentaria. No se trata solo de que las máquinas vean mejor o calculen más rápido. También podrían empezar a oler el mundo con una precisión que nosotros no tenemos. Y en algo tan cotidiano como saber si una comida está en buen estado, esa diferencia puede ser enorme.

     

     

    Fuente: Infobae.