La cabina vacía (o lo que tardas en pedir otra copa)

Nuestro periodista Fernando Fuentes opina sobre DJs-influencers-celebritys y otras subespecies de la fauna y flora del clubbing actual, en su particular anatomía de una profanación.

Texto: Fernando Fuentes

Hay algo de funeral de lujo en la figura del DJ actual. Lo que antes era un tipo escondido en la penumbra, una especie de médium que nos leía el alma sin mirarnos a la cara, se ha convertido en un busto que saluda a cámara. La música, que antes era el fin, ahora es el atrezo de una marca personal. El selector ya no nos descubre un mundo; se limita a enseñarnos su perfil bueno mientras nosotros, desde la pista, en lugar de bailar, grabamos con el móvil para certificar que estuvimos allí, aunque en realidad no estemos en ninguna parte.

“La música, que antes era el fin, ahora es el atrezo de una marca personal”.

Hubo un tiempo, allá por los 2000, en el que el DJ era un chamán invisible. Su poder no residía en el número de seguidores, sino en esa intuición casi animal para saber qué necesitaba la noche justo antes de que la noche lo supiera. No buscaba el foco; sí el trance. Pero el capitalismo, que tiene un olfato infalible para detectar dónde hay algo puro y convertirlo en un producto de estantería, ha decidido que la electrónica ya no es un refugio, sino un escaparate.

“Hemos pasado de la resistencia al postureo sin despeinarnos”.

Detroit y Chicago no eran nombres en una lista de reproducción; eran trincheras. Lugares donde los que no encajaban —los raros, los disidentes, los expulsados— encontraban un lugar donde existir a través del ruido. Ahora, todo ese sudor y toda esa política se han blanqueado con un filtro de Instagram. Hemos pasado de la resistencia al postureo sin despeinarnos.

El intrusismo de la sonrisa

Lo de hoy no es intrusismo, es otra cosa más triste: es el desplazamiento por pura lógica de mercado. Ver a determinadas elementos frente a una mesa de mezclas no es una anomalía, es el síntoma de que el oficio de DJ se ha convertido en un complemento aspiracional, como quien se compra un bolso de LV o se pone unas gafas de pasta para parecer más culto. Antes de ellas, otros ya abrieron camino: gente que venía de la moda o de los realitys y que decidió que pinchar era el nuevo accesorio de temporada.

El problema no es quién sube a la cabina, sino el vacío que dejan los que se quedan fuera

Cuando el algoritmo se convierte en el jefe de sala, el talento es lo de menos. Lo que importa es el engagement, esa palabra tan fea que sirve para decir que vendes más tickets porque sonríes mejor en los stories. La tecnología lo ha hecho todo tan fácil que cualquiera puede simular un set, pero nadie puede simular la cultura. El algoritmo no sabe de noches rotas ni de amaneceres compartidos; solo sabe de impactos.

El baile frente al espejo

La pista de baile, que solía ser el último espacio de libertad y anonimato, se ha transformado en un set de rodaje.

El DJ ya no mira a la pista; sonríe al objetivo de la cámara del Iphone

Y nosotros, el público, hemos pasado de ser una comunidad a ser extras de un videoclip ajeno. Incluso formatos como Boiler Room, que nacieron para difundir la verdad del club, han terminado creando una estética de la nada: gente que baila para que la vean bailar detrás de una pantalla.

Al final, nos queda una escena colonizada por el impacto inmediato, donde el arte ha sido sustituido por el tráfico de datos. Cada vez que una celebrity ocupa un slot en un festival por su capacidad de arrastre, muere un poquito de esa magia que nos hizo amar el clubbing.

La pregunta que queda, mientras se encienden las luces y el DJ-influencer se hace el último selfie, es si todavía queda alguien ahí fuera dispuesto a bailar por el simple placer de perderse, y no para que lo encuentren.

¿Vamos a permitir que conviertan nuestra cultura en un centro comercial o vamos a recuperar el ritual? Porque entre el puto algoritmo y el dancefloor se libra hoy una guerra, y de momento, los mercaderes están ganando por goleada. Está pasando.

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