Autor: configuroweb

  • Durante décadas construimos robots para que resistieran golpes sin enterarse de que estaban dañados. Una nueva piel electrónica les permite detectar una herida, localizarla y reaccionar antes de que el problema vaya a más

    Durante décadas construimos robots para que resistieran golpes sin enterarse de que estaban dañados. Una nueva piel electrónica les permite detectar una herida, localizarla y reaccionar antes de que el problema vaya a más

    El ideal en la robótica siempre ha sido bastante clara: máquinas que no se cansan, no se quejan y no sienten. Brazos industriales que repiten movimientos durante millones de ciclos, humanoides capaces de cargar peso sin inmutarse, sistemas diseñados para seguir funcionando incluso cuando algo va mal. La sensibilidad nunca fue una prioridad. Al contrario, era casi un estorbo. Sin embargo, ese paradigma empieza a resquebrajarse.

    Un equipo de investigadores de las universidades de Shanghái y Hong Kong ha desarrollado una piel artificial flexible que convierte toda la superficie de un robot en un único sensor continuo. No es una mejora estética ni un simple añadido técnico: es un cambio profundo en cómo las máquinas se relacionan con su propio cuerpo. Por primera vez, un robot puede detectar presión, calor, frío y daños físicos de forma distribuida, como si cada centímetro de su “piel” estuviera escuchando lo que ocurre.

    No es dolor en el sentido humano. No hay experiencia subjetiva ni sufrimiento. Pero sí hay algo que se le parece mucho en función: una señal que indica “algo va mal aquí” y obliga al sistema a reaccionar para evitar daños mayores.

    El cuerpo como zona ciega de la robótica

    Pasamos siglos intentando que las máquinas no se rompan. Ahora les estamos enseñando a sentir cuándo se rompen y a reaccionar como si tuvieran un cuerpo propio
    © Unsplash / Maximalfocus.

    Hasta ahora, los robots sabían mucho del mundo y muy poco de sí mismos. Tenían cámaras para ver, sensores de fuerza para medir lo que agarran, giroscopios para orientarse. Pero su propio cuerpo era, en gran medida, una zona ciega. Si un objeto pesado caía sobre una pierna robótica, el sistema podía seguir intentando caminar como si nada. Si se producía una pequeña grieta en una carcasa, el robot no tenía forma directa de saberlo.

    Eso no es un problema en una fábrica vallada. Sí lo es en entornos humanos. La robótica de servicio, la asistencia doméstica, la interacción en hospitales o residencias plantean un escenario muy distinto. Allí, no sentir el propio cuerpo no es fortaleza: es riesgo. Un robot que no percibe que está dañando algo (o a alguien) es un robot potencialmente peligroso.

    La nueva piel apunta directamente a ese vacío. Su estructura, formada por cientos de miles de microconexiones, permite detectar múltiples estímulos al mismo tiempo en distintas zonas del cuerpo. No hay un único punto de contacto: toda la superficie se convierte en una red sensorial continua.

    No es humanización, es autoprotección

    Conviene aclararlo: esto no va de dar emociones a las máquinas ni de acercarlas a la conciencia. El objetivo es mucho más prosaico y, al mismo tiempo, más profundo: dotarlas de mecanismos de autoprotección.

    En humanos, el dolor cumple una función básica: nos avisa de que algo amenaza nuestra integridad. No nos gusta, pero es útil. En los robots, esta “sensación” se traduce en señales eléctricas que disparan protocolos: detenerse, cambiar de postura, reducir fuerza, pedir asistencia.

    Imagina un robot ayudando a mover un mueble y recibiendo un impacto fuerte en el pie. Sin sensibilidad, seguiría empujando, aumentando el riesgo de caída o de daño estructural. Con esta piel, detectaría el evento, se detendría y ajustaría su comportamiento. No porque “sienta”, sino porque sabe que algo se ha salido de lo normal. Es una vulnerabilidad programada. Y eso, en ingeniería, es casi una herejía.

    La fragilidad como ventaja técnica

    Durante décadas, la lógica fue hacer robots cada vez más duros, más blindados, más resistentes. El nuevo enfoque introduce una idea distinta: reconocer la fragilidad como parte del sistema.

    La piel es modular, puede repararse por secciones, permite detectar microdaños antes de que se conviertan en fallos graves. Eso no solo mejora la seguridad, también alarga la vida útil de las máquinas y reduce costes de mantenimiento. Un robot que “sabe” que tiene una grieta puede avisar antes de que la humedad, el polvo o el calor arruinen sus componentes internos. Desde el punto de vista industrial, esto es oro. Desde el punto de vista social, es un requisito.

    Robots entre personas: el verdadero desafío

    Pasamos siglos intentando que las máquinas no se rompan. Ahora les estamos enseñando a sentir cuándo se rompen y a reaccionar como si tuvieran un cuerpo propio
    © YouTube / Clone.

    La robótica lleva años demostrando que funciona en entornos controlados. Fábricas, almacenes, laboratorios. El problema es el mundo real. Casas desordenadas, niños corriendo, personas mayores con movilidad reducida, objetos frágiles, situaciones imprevisibles. Ahí, la fuerza sin sensibilidad es una combinación peligrosa.

    Dar a los robots una piel sensible no los vuelve humanos, pero sí los vuelve compatibles con nosotros. Les permite entender límites físicos, reaccionar ante daños y comportarse de forma más segura en espacios compartidos.

    Y esto no se queda en los humanoides. Las aplicaciones potenciales incluyen prótesis avanzadas, trajes de protección, exoesqueletos y equipos de emergencia. Cualquier tecnología que interactúe físicamente con el cuerpo humano se beneficia de poder “sentir” lo que le ocurre.

    Un cambio silencioso, pero profundo

    Puede que no haya titulares espectaculares ni vídeos virales. No hay robots llorando ni expresiones faciales. Pero este tipo de avances son los que redefinen una industria desde dentro. Durante siglos, construimos máquinas para que no se rompan. Ahora estamos empezando a construirlas para que sepan cuándo se están rompiendo.

    Es un matiz muy técnico, sí. Pero también es un cambio cultural. Porque implica aceptar que incluso las máquinas necesitan límites. Y que, en un mundo compartido con humanos, la insensibilidad ya no es una virtud, sino un problema.

  • Una IA dejó que generaciones de robots compitieran dentro de una simulación hasta encontrar cuerpos que ningún ingeniero habría diseñado. Los ganadores ya corren por el mundo real y pueden seguir moviéndose incluso después de ser cortados por la mitad

    Una IA dejó que generaciones de robots compitieran dentro de una simulación hasta encontrar cuerpos que ningún ingeniero habría diseñado. Los ganadores ya corren por el mundo real y pueden seguir moviéndose incluso después de ser cortados por la mitad

    Durante años, la robótica ha intentado parecerse a la vida. Perros mecánicos, brazos inspirados en músculos, máquinas que caminan como insectos o corren como atletas. Casi siempre la lógica fue la misma: observar la naturaleza, copiar lo que funciona y construir desde ahí.

    Pero un grupo de investigadores decidió probar otra cosa. En lugar de diseñar un robot desde cero, dejaron que una inteligencia artificial lo “evolucionara” por su cuenta. Y lo que apareció no se parece demasiado a nada conocido.

    No son robots bonitos. Ese es precisamente el punto

    Un equipo de la Universidad Northwestern, en Estados Unidos, desarrolló una nueva clase de robots modulares bautizados como “legged metamachines”. Son estructuras ensamblables compuestas por módulos autónomos que pueden unirse de distintas maneras para crear máquinas más complejas, capaces de moverse por entornos reales y seguir funcionando incluso cuando algo sale mal. El estudio fue publicado en PNAS el 6 de marzo de 2026.

    Cada módulo es, en esencia, un robot completo en miniatura. Tiene su propio motor, batería y ordenador, todo alojado en una esfera central unida a dos barras que funcionan como una especie de extremidad. Por sí sola, cada pieza puede rodar, girar o saltar. Pero cuando varias se conectan, empiezan a emerger comportamientos mucho más complejos.

    Ahí entra la parte más interesante: la forma final de estos robots no fue diseñada directamente por humanos.

    La IA no recibió un plano: recibió un objetivo

    La IA “crió” robots dentro de una simulación y luego los llevó al mundo real. El resultado fueron máquinas extrañas capaces de seguir moviéndose incluso después de romperse
    © Northwestern University.

    Los investigadores no le dijeron al sistema “haz un perro robótico” o “construye algo con cuatro patas”. Le dieron algo mucho más abierto: un conjunto de piezas básicas y una meta sencilla pero exigente, que era encontrar configuraciones capaces de moverse de forma eficiente y versátil.

    A partir de ahí, el algoritmo empezó a hacer lo que mejor sabe hacer la evolución cuando se acelera brutalmente con ordenadores: probar, fallar, mutar y volver a probar. Generó miles de combinaciones posibles, simuló cómo se comportaban, descartó las peores y conservó las más eficaces. Luego las “cruzó”, introdujo variaciones y siguió refinando generaciones sucesivas. Sam Kriegman, autor principal del trabajo, lo resumió así: era “la supervivencia del más apto, acelerada por ordenadores”.

    El resultado fueron formas rarísimas. Algunas se desplazaban como si fueran una mezcla entre foca, lagarto y juguete maldito. Otras parecían directamente errores geométricos que, por alguna razón, habían aprendido a moverse. Y, sin embargo, funcionaban.

    Lo importante no es que caminen raro. Lo importante es que no se rinden

    Después de la fase en simulación, el equipo construyó físicamente algunos de los diseños más prometedores, sobre todo configuraciones de tres, cuatro y cinco módulos. Luego los sacó fuera del laboratorio y los puso a prueba sobre grava, arena, barro, raíces, césped, hojas y ladrillos irregulares. Ahí apareció su rasgo más llamativo: la resiliencia.

    A diferencia de muchos robots actuales, que quedan prácticamente inservibles cuando pierden una pata o sufren una avería importante, estas metamáquinas pueden seguir operando incluso después de romperse. Si un módulo se separa, no se convierte en un trozo muerto de hardware: sigue siendo una unidad funcional con capacidad de movimiento propia. Según los investigadores, estos robots pueden incluso “sobrevivir a ser cortados por la mitad” o fragmentados en varias piezas.

    Eso cambia bastante la lógica tradicional de la robótica. Porque el problema ya no es solo construir una máquina que haga bien una tarea, sino una que siga siendo útil incluso cuando el mundo real la golpea, la vuelca, la desgasta o la rompe.

    El detalle inquietante no es el robot: es el diseñador

    La parte más provocadora de este estudio no está solo en el hardware, sino en la idea que deja flotando. Durante décadas, la mayoría de robots con patas compartieron una limitación muy humana: su cuerpo estaba decidido de antemano por un ingeniero. Y eso significa que, en el fondo, la robótica avanzaba dentro de una jaula de intuiciones humanas.

    Este trabajo apunta a otra dirección: máquinas que no nacen de una idea preconcebida, sino de un proceso de exploración algorítmica. Robots cuya forma no responde a “lo que nos parece lógico”, sino a lo que realmente funciona cuando un entorno, una tarea y un algoritmo empiezan a presionarse entre sí.

    Puede que el futuro de la robótica no consista en construir máquinas más elegantes, más humanas o más parecidas a los animales. Puede que consista en dejar que los sistemas exploren formas que a nosotros nunca se nos habrían ocurrido. Y, siendo sinceros, eso es bastante fascinante. Pero también tiene algo inquietante: cuando las máquinas empiezan a participar en el diseño de otras máquinas, ya no estamos solo fabricando herramientas. Estamos empezando a delegar la imaginación técnica.

  • Un pueblo de Ohio con 1.300 habitantes tiene 13 veces más energía solar por persona que el resto del estado: la instaló flotando sobre su propio embalse

    Un pueblo de Ohio con 1.300 habitantes tiene 13 veces más energía solar por persona que el resto del estado: la instaló flotando sobre su propio embalse

    Ohio aprobó en 2021 una ley que le dio a sus condados mayor autoridad para restringir proyectos solares y eólicos a gran escala, y desde entonces cerca de un tercio de sus 88 condados impuso algún tipo de límite. En ese contexto, Monroeville, un pueblo de apenas 1.300 habitantes en el condado de Huron, encontró una salida distinta: en lugar de disputarle tierra agrícola a la zona, instaló su nueva planta solar directamente sobre el embalse municipal de agua potable, según Solar Power World.

    9.222 paneles sobre tres islas flotantes

    La empresa D3Energy, junto con Gardner Capital y el contratista local Appalachian Renewable Power, terminó de energizar una planta fotovoltaica flotante de 6 megavatios, la más grande de Ohio y una de las cinco más grandes de todo Estados Unidos. El sistema está formado por 9.222 módulos distribuidos en tres grandes islas flotantes, que en conjunto ocupan unas 12 hectáreas de superficie acuática, y ya vierte electricidad de forma directa a la red de distribución del pueblo.

    Lo que habría costado hacerlo en tierra

    El dato que explica buena parte del interés del proyecto surge de la comparación con una instalación convencional: desarrollar esos mismos 6 megavatios sobre suelo habría requerido unos 30 acres, cerca de 12 hectáreas de tierra agrícola en el condado de Huron. En una región donde la disputa entre energía solar y agricultura por el uso del suelo ya generó restricciones normativas, esa diferencia terminó pesando bastante en la decisión.

    Un pueblo con 13 veces más solar por habitante

    Monroeville
    © By User:OHWiki – Own work, Public Domain,

    Monroeville no partía de cero: desde 2017 ya operaba una planta solar terrestre de 4 megavatios. Sumando ambas instalaciones, el pueblo alcanza unos 10 megavatios de potencia solar total, lo que le da, según la propia D3Energy, aproximadamente 13 veces más capacidad solar por habitante que el promedio del estado de Ohio, para una localidad de apenas 1.300 personas. «La energía solar necesita espacio, y en zona rural no sobra terreno. Monroeville tenía agua ahí mismo, cumpliendo una sola función. Ahora cumple dos», resumió Stetson Tchividjian, director general de D3Energy, según PR Newswire.

    Cómo funciona técnicamente

    La electricidad se genera con módulos fotovoltaicos convencionales, pero en lugar de apoyarse sobre estructuras fijadas al suelo, descansan sobre plataformas flotantes moduladas, ancladas y amarradas para resistir viento, oleaje y las variaciones del nivel del agua. La corriente continua que producen los paneles se agrupa y se convierte en corriente alterna mediante inversores antes de incorporarse a la red eléctrica, el mismo proceso que en cualquier planta solar terrestre, aunque con exigencias de ingeniería adicionales relacionadas con la profundidad del embalse, la corrosión y el acceso para tareas de mantenimiento.

    El agua también puede ayudar a los paneles

    Instalar los módulos sobre el agua trae, además, un par de beneficios adicionales potenciales. El Banco Mundial señaló el efecto de refrigeración del agua como una de las razones por las que algunas plantas flotantes pueden lograr un rendimiento energético superior al de instalaciones terrestres comparables, ya que los paneles pierden eficiencia a medida que aumenta su temperatura. En paralelo, cubrir parte de la superficie de un embalse puede reducir la evaporación bajo determinadas condiciones climáticas, un beneficio extra en depósitos destinados justamente al abastecimiento de agua.

    Un modelo que ya se replica en Ohio

    Monroeville es el tercer proyecto de D3Energy en el estado, después del sistema instalado en el embalse de Del-Co Water, en Delaware (Ohio), y el del embalse Twin Lakes, en la ciudad de Lima, completado a comienzos de este mismo año. Entre los tres, Ohio ya suma cerca de 10 megavatios de energía solar flotante operativa, toda ella instalada sobre cuerpos de agua que las propias administraciones locales ya poseían, más que cualquier otro estado del Medio Oeste estadounidense. El esquema de negocio se apoya, en los tres casos, en un contrato de compraventa de electricidad: Gardner Capital financia y es propietaria de las instalaciones, y el municipio simplemente le compra la energía que genera, sin tener que afrontar toda la inversión inicial por su cuenta.

  • China llenó sus calles de coches eléctricos y ahora empieza la parte más difícil de la revolución verde. Para 2030 tendrá que gestionar más de un millón de toneladas de baterías usadas cada año

    China llenó sus calles de coches eléctricos y ahora empieza la parte más difícil de la revolución verde. Para 2030 tendrá que gestionar más de un millón de toneladas de baterías usadas cada año

    Durante varios años, China mostró al mundo la cara más brillante de la movilidad eléctrica: fábricas gigantes, marcas nuevas, coches cada vez más baratos, baterías más potentes y ciudades donde los motores de combustión empezaron a sonar como una tecnología vieja. La transformación fue tan rápida que cambió el mapa mundial del automóvil. Pero toda revolución tecnológica deja residuos. Y en el caso del coche eléctrico, esos residuos pesan cientos de kilos por vehículo.

    China calcula que el volumen anual de baterías retiradas de vehículos de nueva energía superará el millón de toneladas en 2030. El dato fue señalado por el Ministerio de Industria y Tecnología de la Información chino durante una reunión nacional sobre reciclaje, donde las autoridades pidieron acelerar la creación de un sistema sólido para gestionar esa ola de baterías usadas.

    El coche eléctrico no termina su historia cuando deja de circular

    China llenó sus calles de coches eléctricos y ahora empieza la parte más difícil de la revolución verde. Para 2030 tendrá que gestionar más de un millón de toneladas de baterías usadas cada año
    © Audi AG.

    La gran promesa del vehículo eléctrico está en reducir emisiones durante el uso, especialmente cuando la electricidad viene cada vez más de fuentes renovables. Pero la batería tiene otra historia: se fabrica con materiales valiosos, exige una cadena industrial compleja y, al final de su vida útil, debe desmontarse, transportarse y reciclarse sin improvisaciones.

    Ese momento está llegando para China. Los primeros grandes lotes de coches eléctricos vendidos durante el boom de la última década empezarán a retirar sus baterías en los próximos años. Algunas podrán tener una segunda vida en almacenamiento estacionario. Otras deberán pasar directamente por plantas de reciclaje.

    El problema es que una batería usada no es basura común. Puede contener litio, níquel, cobalto, manganeso, cobre y aluminio. Si se recuperan bien, esos materiales reducen la presión sobre la minería y vuelven a la cadena productiva. Si se manipulan mal, pueden provocar incendios, contaminación y pérdidas económicas.

    China quiere que cada batería tenga una identidad digital

    La respuesta del gobierno chino va en una dirección clara: trazabilidad. Las nuevas medidas establecen que cada batería de un vehículo de nueva energía tenga una identidad digital para seguirla durante todo su ciclo de vida. Las normas provisionales fueron emitidas por el MIIT y otros organismos, y entraron en vigor el 1 de abril de 2026.

    La idea es sencilla, pero ambiciosa: saber dónde está cada batería, quién la recibió, cómo fue transportada, qué empresa la procesó y cuál fue su destino final. En una industria de millones de unidades, ese nivel de control puede marcar la diferencia entre una economía circular real y un mercado paralelo difícil de vigilar.

    El gobierno también quiere reforzar las responsabilidades de fabricantes, vendedores, operadores logísticos y recicladores. No alcanza con producir coches eléctricos: las empresas deberán responder por lo que ocurre cuando sus baterías dejan de servir en un vehículo.

    El gran enemigo es el reciclaje informal

    El valor de los materiales convierte a las baterías usadas en un negocio atractivo. Y ahí aparece el riesgo: intermediarios sin licencia, talleres clandestinos, desmontaje sin controles, productos reciclados de baja calidad y residuos peligrosos fuera de instalaciones autorizadas.

    Las autoridades chinas ya pidieron reforzar las inspecciones y combatir actividades ilegales en toda la cadena. La preocupación no es abstracta: cuando una batería de alto voltaje se manipula sin estándares adecuados, el problema puede ir desde una pérdida de materiales estratégicos hasta incendios o contaminación localizada.

    La investigación científica también apunta a ese cuello de botella. Un estudio publicado en 2026 advierte que, en un escenario sin cambios, el reciclaje formal podría estancarse en torno al 53% después de 2030. En cambio, una estrategia más fuerte de responsabilidad extendida del productor podría elevar la participación del reciclaje formal por encima del 92% hacia 2060 y reducir daños ambientales entre un 44% y un 73%.

    La batería usada también puede ser una mina urbana

    China llenó sus calles de coches eléctricos y ahora empieza la parte más difícil de la revolución verde. Para 2030 tendrá que gestionar más de un millón de toneladas de baterías usadas cada año
    © Recyclia Internacional.

    Hay otra forma de mirar esta montaña de residuos: como una reserva de materiales críticos. China no solo quiere evitar contaminación. También quiere recuperar recursos para sostener su dominio industrial.

    Empresas como CATL, el mayor fabricante mundial de baterías, ya integran reciclaje dentro de su estrategia. La compañía opera una de las mayores plantas de recuperación de materiales para baterías y espera que el almacenamiento energético gane cada vez más peso en su negocio global hacia 2030.

    Esa conexión es clave. Las baterías retiradas de coches no siempre mueren del todo. Muchas pierden capacidad para el uso automotor, donde la exigencia es alta, pero todavía pueden servir para almacenamiento estacionario: redes eléctricas, edificios, respaldo para renovables o instalaciones industriales. Primero, segunda vida; después, reciclaje. Ese podría ser el camino ideal, siempre que el seguimiento sea preciso.

    La transición verde también necesita una salida ordenada

    El caso chino muestra una verdad que a veces queda fuera del discurso sobre movilidad limpia: electrificar no basta. También hay que cerrar el ciclo. Producir, usar, retirar, reutilizar, reciclar y recuperar materiales. Si una de esas etapas falla, la promesa ambiental se debilita.

    China tiene una ventaja evidente: escala industrial, control regulatorio y empresas capaces de mover el mercado global. Pero también tiene el problema más grande, precisamente porque fue el país que más rápido empujó la adopción masiva del vehículo eléctrico.

    La próxima gran carrera no será solo fabricar coches eléctricos más baratos o baterías con más autonomía. Será saber qué hacer con millones de baterías cuando abandonen las carreteras. Y ahí está el giro incómodo. La revolución eléctrica china no termina en una autopista llena de coches silenciosos. Termina, o empieza de nuevo, en una planta de reciclaje donde cada batería debe demostrar que la movilidad limpia puede ser algo más que cambiar el tubo de escape por un enchufe.

  • Key4050 regresan con su nuevo single trance, ‘Final Memory’

    Key4050 regresan con su nuevo single trance, ‘Final Memory’

    John O’Callaghan y Bryan Kearney han publicado ‘Final Memory’ bajo su aka Key4050, ya disponible en Black Hole Recordings

    Este track de Key4050 marca el segundo sencillo del dúo este año, tras su colaboración de regreso en ‘Empty Space’ con Bo Bruce, y es la señal más clara hasta la fecha de que un nuevo álbum está tomando forma.

    O’Callaghan y Kearney llevan trabajando juntos dos décadas hasta ahora. Su historia se remonta al decimocuarto lanzamiento de Discover Records, ‘Restricted Motion’, un tema que ha seguido siendo lo suficientemente popular dentro de la escena trance como para que la semana pasada se reeditara en vinilo. Veinte años es mucho tiempo para que cualquier colaboración de estudio se mantenga unida, y más aún una construida sobre las exigencias bastante específicas de la producción uplifting y tech-trance.

    El dúo formalizó el proyecto bajo el nombre de Key4050 en 2015, y la declaración definitoria del mismo llegó en 2019 con ‘Tales From The Temple‘, un extenso álbum de treinta temas que también sirvió como homenaje a sus años de llegada a la escena de clubes del norte de Dublín: actuando en discotecas, produciendo y pinchando en la zona que da nombre al proyecto. Ese disco dio mucho que analizar a los fans, pero ya tiene siete años, y Key4050 han estado mayormente tranquilos desde entonces.

    Eso cambió este verano. Kearney y O’Callaghan cerraron el Luminosity Beach Festival con un set como cabezas de cartel, y aprovecharon el momento para confirmar que Key4050 estaba oficialmente de vuelta. Tras bambalinas, ambos ya habían acumulado serias horas de estudio, y al parecer se formó un nuevo álbum en el proceso.

    Un track tanto para escenarios principales de festivales como para sets de cierre

    ‘Final Memory’ construye ese impulso. El track se inclina hacia un bajo rodante, el trabajo de batería galopante y progresiones armónicas que siguen impulsando la energía sin aflojar. Una línea vocal femenina repetida, ligeramente inquietante —”I can’t help it”— se entrelaza en el arreglo, y el drop cae sobre un gancho de sintetizador de dientes de sierra pensado para sets en horas punta. Es un disco de trance de grandes salas, hecho tanto para los escenarios principales de festivales como para los sets de cierre.

    Hacia dónde va Key4050 a partir de aquí está por verse, pero si ‘Tales From The Temple‘ es una indicación de cómo el dúo aborda los ciclos de álbum, probablemente habrá más material en camino. ‘Final Memory’ ya está disponible a través de Black Hole Recordings, y lo puedes conseguir aquí.

  • Calentaron cobre hasta que debía convertirse en un charco y ocurrió justo lo contrario. El metal mantuvo su forma gracias a un extraño “gel” capaz de funcionar a casi 1.000 °C y ya apunta a las baterías del futuro

    Calentaron cobre hasta que debía convertirse en un charco y ocurrió justo lo contrario. El metal mantuvo su forma gracias a un extraño “gel” capaz de funcionar a casi 1.000 °C y ya apunta a las baterías del futuro

    En el laboratorio de la Universidad de Texas A&M, un experimento con cobre y tántalo que parecía rutinario acabó saliéndose del guion. Los investigadores buscaban observar el comportamiento de los metales bajo calor extremo, pero algo inesperado ocurrió: a casi 1.000 °C, el cobre se volvió líquido… y el tántalo no.

    Paradójicamente, en lugar de separarse, ambos elementos formaron una estructura híbrida: el metal líquido quedó atrapado dentro de un esqueleto sólido poroso, dando origen al primer gel metálico del mundo. No es líquido. No es sólido. Es algo intermedio, un material que fluye sin romperse y que resiste temperaturas que fundirían casi cualquier otro componente.

    El equipo lo bautizó como metallic gel, y aunque el descubrimiento fue accidental, su potencial es enorme.

    Baterías que no se derriten

    Hasta ahora, las baterías de metal líquido eran una promesa difícil de cumplir. Su gran ventaja era la capacidad de operar a temperaturas altísimas, pero su mayor problema también: el metal se desplazaba dentro de la celda, provocando fugas o cortocircuitos fatales.

    El nuevo gel metálico podría resolver esa paradoja. Al inmovilizar el líquido dentro de una estructura metálica flexible, mantiene la conductividad eléctrica sin perder estabilidad física. En otras palabras: una batería que puede funcionar como un sistema líquido, pero con la seguridad de un sólido. Esto permitiría desarrollar baterías móviles de alta temperatura, capaces de alimentar desde maquinaria pesada y barcos hasta vehículos eléctricos de gran tamaño, sin riesgo de colapsar o deformarse.

    El metal que no teme al calor

    El metal que se volvió gel. Científicos texanos crean un material que no se derrite ni se quiebra a 1.000 °C y podría cambiar las baterías para siempre
    © Emily Oswald / Texas A&M University College of Engineering.

    En las pruebas realizadas, los investigadores usaron distintas combinaciones: calcio líquido con hierro sólido, o bismuto con hierro, inmersos en sales fundidas. Todas demostraron el mismo principio: la estructura del gel se mantenía intacta incluso generando electricidad a temperaturas extremas.

    El resultado es tan inesperado como prometedor. Por primera vez, se logra un material conductor, estable y térmicamente robusto que puede operar en entornos donde las baterías convencionales simplemente se derriten. Si el modelo se escala con materiales más comunes, como el aluminio o el hierro, podría abrir el camino a una nueva categoría de baterías industriales portátiles.

    Energía que no se apaga ni en el infierno

    El impacto potencial va más allá del laboratorio. Con geles metálicos estables, sería posible electrificar entornos hoy imposibles: zonas mineras, desiertos, fábricas siderúrgicas, plataformas marítimas o regiones polares. En esos escenarios, el calor, la corrosión y los choques térmicos destruyen cualquier batería convencional.

    Además, los sistemas podrían almacenar energía solar o eólica durante largos periodos, estabilizando las redes eléctricas cuando la producción cae.
    Incluso permitirían reutilizar el calor residual de las industrias para recargar sus propias baterías: una especie de economía circular energética, donde nada se pierde, ni siquiera el calor.

    Un nuevo capítulo en la física aplicada

    Aunque los materiales originales (cobre y tántalo) son costosos, los investigadores ya buscan combinaciones más económicas. El objetivo es simple: convertir este concepto en una tecnología accesible y escalable.

    El hallazgo redefine la frontera entre los estados de la materia. Es la primera vez que un metal líquido puede estabilizarse sin perder su conductividad ni su movilidad, algo que los físicos no habían conseguido en décadas de investigación. Y más allá de su aplicación en baterías, los geles metálicos podrían tener usos en robótica, reactores térmicos, materiales autorreparables o sistemas de enfriamiento extremo.

    El futuro será fluido, pero metálico

    Si los investigadores tienen razón, este descubrimiento no es solo un paso adelante en ciencia de materiales: es el comienzo de una nueva era energética.

    Un futuro en el que las baterías no teman al fuego ni al frío. Donde las fábricas, los vehículos y las redes eléctricas sean más autónomos, sostenibles y resistentes que nunca. El accidente texano demuestra que, a veces, los mayores avances no nacen de una predicción… sino de un error que se niega a comportarse como debía.

  • La NASA e IBM entrenan una IA para “leer” la Luna y encontrar cráteres, volcanes y posibles zonas con hielo

    La NASA e IBM entrenan una IA para “leer” la Luna y encontrar cráteres, volcanes y posibles zonas con hielo

    Una IA entrenada con décadas de observaciones

    La exploración de la Luna ha generado durante años una cantidad enorme de imágenes, mapas y mediciones. El problema es que ese volumen de información crece mucho más rápido de lo que puede analizarse manualmente.

    Para aprovechar mejor esos archivos, NASA e IBM desarrollaron el NASA-IBM Lunar Foundation Model, un modelo fundacional de inteligencia artificial diseñado específicamente para trabajar con datos de teledetección lunar. El sistema fue entrenado principalmente con observaciones de la Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO), una misión que lleva años cartografiando la superficie del satélite.

    El conjunto de entrenamiento reúne aproximadamente dos millones de bloques de imágenes, incluyendo más de un millón de imágenes de alta resolución y casi otro millón de observaciones multiespectrales.

    Pero la IA no trabaja solamente con fotografías.

    Once tipos diferentes de información sobre la Luna

    NASA e IBM combinaron datos procedentes de diferentes instrumentos y misiones, entre ellas LRO, GRAIL, Lunar Prospector y la japonesa SELENE/Kaguya.

    El resultado es un conjunto multimodal formado por más de 30 capas de información espacialmente alineadas, procedentes de nueve instrumentos y cuatro misiones. Eso permite observar un mismo lugar desde perspectivas muy distintas.

    Una imagen puede mostrar la forma de un cráter, mientras que otros instrumentos aportan información sobre topografía, reflectancia, condiciones de iluminación o propiedades geofísicas. El modelo intenta aprender las relaciones existentes entre todas esas observaciones.

    La NASA e IBM entrenan una IA para “leer” la Luna y encontrar cráteres, volcanes y posibles zonas con hielo
    © PLANET SCIENCE – Youtube.

    No está diseñado para hacer una sola tarea

    Ahí aparece la principal diferencia frente a muchos algoritmos tradicionales.

    Un modelo convencional puede entrenarse específicamente para detectar cráteres. Un modelo fundacional, en cambio, primero aprende patrones generales a partir de enormes cantidades de datos y después puede adaptarse a diferentes tareas mediante fine-tuning.

    NASA e IBM ya probaron el sistema para identificar cráteres y estudiar distintas características de la superficie lunar.

    También puede utilizarse para analizar una de las cuestiones más importantes para futuras misiones: dónde podría existir hielo de agua.

    Puede señalar dónde buscar hielo, pero no detectarlo directamente

    Las regiones polares de la Luna contienen cráteres cuyo interior permanece permanentemente en sombra.

    Esas zonas interesan especialmente porque podrían conservar depósitos de hielo, un recurso potencialmente importante para futuras misiones humanas. El modelo puede combinar diferentes capas de información y estimar qué regiones tienen características compatibles con una mayor probabilidad de albergarlo. Pero existe una diferencia importante: la IA no está detectando directamente hielo bajo la superficie.

    Está reconociendo relaciones estadísticas dentro de los datos disponibles y generando mapas de prospectividad que podrían servir para decidir dónde conviene investigar con mayor detalle.

    La IA no sustituye a los científicos ni a las misiones

    El modelo tampoco puede descubrir por sí solo cómo funciona la Luna.

    Sus resultados dependen de la calidad y representatividad de los datos utilizados durante el entrenamiento. Una predicción debe contrastarse después con observaciones independientes y con el conocimiento de especialistas.

    Su utilidad está precisamente en otra parte: puede procesar enormes cantidades de información, detectar patrones y ayudar a identificar regiones o fenómenos que merecen una investigación más profunda.

    NASA e IBM ya han aplicado una estrategia similar a otros campos mediante modelos como Prithvi, centrado en observaciones de la Tierra, y Surya, desarrollado para estudiar el Sol.

    El modelo lunar representa así un cambio en la forma de explorar otros mundos.

    Durante décadas, avanzar significó principalmente enviar mejores cámaras e instrumentos al espacio. Ahora aparece una nueva frontera: aprender a extraer mucha más información de todo lo que esas misiones ya observaron.

    Fuente: EspacioTech.

  • América Latina lleva más de una década construyendo sus propios «Silicon Valley»: Buenos Aires acaba de sumarse con un edificio de 100 millones de dólares

    América Latina lleva más de una década construyendo sus propios «Silicon Valley»: Buenos Aires acaba de sumarse con un edificio de 100 millones de dólares

    En los terrenos que alguna vez ocupó el club de Tiro Federal de Buenos Aires, entre las avenidas del Libertador, Udaondo y Lugones, avanza la construcción de PI Buenos Aires, un edificio de 22.000 metros cuadrados con 17 oficinas, dos locales comerciales, 189 cocheras y una terraza de dos niveles con skybar. El grupo Sancor Seguros y la desarrolladora de coworking Hit invertirán 100 millones de dólares, equipamiento incluido, en un proyecto que estará terminado en junio de 2028 y que se levanta, justamente, sobre el primer lote que el Estado subastó dentro del Parque de Innovación porteño, según La Nación.

    No es una idea nueva en la región

    Lo que está ocurriendo en Buenos Aires replica, con dos o tres décadas de diferencia, un mismo libreto que ya probaron otras ciudades latinoamericanas: elegir un terreno estratégico, asociar fondos públicos con desarrolladores privados, y construir un distrito que concentre empresas tecnológicas, universidades y espacios de coworking en un radio caminable. La lógica detrás es siempre la misma: la cercanía física entre startups, inversores, talento y centros educativos acelera la innovación mucho más que tenerlos dispersos por toda una ciudad.

    Guadalajara lo empezó hace más de una década

    Guadalajara
    © Roman Lopez – Unsplash

    México fue pionero en este tipo de apuestas. En 2011, tras competir con ciudades como Tijuana, Puebla y Querétaro, Guadalajara ganó la sede de la Ciudad Creativa Digital, un proyecto diseñado con asesoría de académicos del MIT que transformó el histórico Parque Morelos en un polo de industrias audiovisuales, videojuegos, animación digital y desarrollo de software. Hoy la Ciudad Creativa Digital sigue expandiéndose: este mismo año colocó la primera piedra de un tercer edificio dentro del complejo, reforzando su rol como uno de los clústers de contenidos digitales más consolidados de América Latina.

    Medellín construyó el suyo con dinero público

    Medellin
    © Joel Duncan – Unsplash

    Colombia tomó un camino distinto pero con el mismo objetivo. Desde 2009, la corporación Ruta N, financiada por la empresa pública de energía EPM y la alcaldía de Medellín, impulsó el Distrito de Innovación en la zona norte de la ciudad, integrando universidades, centros de investigación y empresas tecnológicas en un mismo perímetro urbano. El resultado, más de una década después, es contundente: más de 400 empresas de 32 países se instalaron en la ciudad a través de este esquema, generando más de 12.000 empleos vinculados a tecnología, y Medellín pasó a integrar la red global de innovación GIST, que conecta a distritos similares de 130 países.

    Uruguay acaba de sumar el suyo

    Zonamerica
    © DFLC – Multmedia Designer – Shutterstock

    El caso más reciente es uruguayo. Zonamerica, el Parque Científico Tecnológico de Pando y el Parque de las Ciencias firmaron este año, con el respaldo de las intendencias de Montevideo y Canelones, la creación del primer Distrito de Innovación Metropolitano del país, en una franja estratégica entre las rutas 8, 101 y 102 que ya combina espacios logísticos, científicos, centros de datos y la cercanía del Aeropuerto Internacional de Carrasco, según Webpicking.

    Qué tienen en común estos proyectos

    Más allá de las diferencias locales, los cuatro casos comparten una misma fórmula: terrenos estratégicos reconvertidos a través de alianzas público-privadas, una apuesta explícita por atraer talento y capital extranjero, y la intención declarada de que universidades, startups y grandes corporaciones convivan en el mismo espacio físico en lugar de operar aisladas. El de Buenos Aires, con su primer edificio de 100 millones de dólares ya en construcción, es apenas el ejemplo más reciente de una tendencia que, con matices, ya lleva más de una década tomando forma en distintos puntos del continente: cada país buscando construir, a su manera, un pedazo propio de ese ecosistema que hizo famoso a Silicon Valley.

  • Construir ciudades con lava ya no es ciencia ficción. La idea islandesa que quiere reinventar la arquitectura desde el interior de la Tierra

    Construir ciudades con lava ya no es ciencia ficción. La idea islandesa que quiere reinventar la arquitectura desde el interior de la Tierra

    La historia de Islandia está escrita en fuego y hielo. Cada cuatro años aproximadamente, una nueva erupción recuerda a sus habitantes que viven sobre un suelo en ebullición. Para la arquitecta Arnhildur Pálmadóttir, esa fuerza incontrolable no solo es una amenaza, sino también una oportunidad: transformar la lava en el material de construcción del futuro.

    El origen de una idea marcada por la infancia

    Islandia mira al centro de la Tierra: la arquitecta que quiere construir ciudades con lava
    © Fast Company.

    Cuando era niña, Pálmadóttir presenció una erupción volcánica que moldeó su visión del mundo. Medio siglo después, esa experiencia se ha convertido en motor de un proyecto pionero. Su propuesta, Lavaforming, busca canalizar y solidificar lava fundida para crear basalto, una roca volcánica de enorme resistencia. En lugar de temer al magma, plantea domesticarlo y convertirlo en aliado.

    Lavaforming: arquitectura nacida del magma+

    Islandia mira al centro de la Tierra: la arquitecta que quiere construir ciudades con lava
    © Arnhildur Pálmadóttir.

    Presentado en la Bienal de Arquitectura de Venecia, el proyecto defiende que Islandia debe aprovechar lo que la naturaleza le ofrece. El país carece de madera o arcilla en abundancia, pero posee una fuente inagotable de material que surge directamente del núcleo terrestre.

    Con canales impresos en 3D y piscinas de contención, la lava podría ser guiada hasta transformarse en cimientos para edificios enteros. Según la arquitecta, un flujo basáltico bastaría para levantar una ciudad en cuestión de semanas.

    Implicaciones para Islandia y más allá

    Islandia mira al centro de la Tierra: la arquitecta que quiere construir ciudades con lava
    © s.ap architects.

    Además de su potencial económico, Lavaforming plantea una solución que podría reducir la tensión geológica en zonas activas, al extraer la lava de forma controlada.

    También ofrece una alternativa a la producción de hormigón, que genera enormes emisiones de CO₂. La visión de Pálmadóttir conecta sostenibilidad, tradición y futuro: imaginar ciudades construidas con el mismo material que ha forjado durante milenios el paisaje islandés. Una arquitectura que no lucha contra los volcanes, sino que nace de ellos.

  • Tres investigadores con una suscripción a Claude llegaron al código privado de OpenAI en menos de 72 horas: gastaron menos de 3.000 dólares en el intento

    Tres investigadores con una suscripción a Claude llegaron al código privado de OpenAI en menos de 72 horas: gastaron menos de 3.000 dólares en el intento

    El equipo de la firma de ciberseguridad Hacktron AI, formado por Harsh Jaiswal, Mohan Pedhapati y Rahul Maini, encadenó dos vulnerabilidades distintas para llegar hasta repositorios internos de OpenAI, incluidos accesos vinculados a GitHub, Outlook y Slack de la compañía. Todo el proceso ocurrió dentro del programa oficial de recompensas por errores (bug bounty) de OpenAI, gestionado a través de Bugcrowd, y el equipo gastó menos de 3.000 dólares en tokens de inteligencia artificial durante toda la investigación, según The Register.

    Cómo empezó todo: una imagen que rompió el análisis

    El punto de partida fue una vulnerabilidad de desbordamiento de memoria (identificada después como CVE-2026-32882) en libheif, la biblioteca que procesa imágenes en formato HEIC y HEIF, presente en la versión del software Discourse que aloja el foro comunitario de OpenAI. El fallo permitía que una imagen especialmente manipulada hiciera que la aplicación calculara mal el tamaño de un búfer de memoria, abriendo una vía de ejecución remota de código en el servidor del foro.

    El salto que cambió todo: de un foro a las cuentas de empleados

    Una vez dentro del servidor del foro, los investigadores encontraron una segunda falla, esta vez en la configuración del sistema de inicio de sesión único (SSO) de OpenAI: las mismas credenciales que autenticaban a los usuarios del foro también daban acceso a sus cuentas de ChatGPT y Codex. Eso les permitió tomar el control de la cuenta de un empleado de OpenAI sin que esa persona tuviera que hacer nada. Según explicaron los propios investigadores, el problema de fondo no era exclusivo de Discourse: cualquier servicio, propio o de terceros, que usara ese mismo sistema de identidad de OpenAI habría quedado expuesto de la misma manera.

    El modelo que sí pudo

    El dato más llamativo de todo el episodio tiene que ver con el momento exacto en que ocurrió. Los investigadores venían intentando convertir la vulnerabilidad de libheif en un exploit funcional usando Claude Opus 4.8, sin éxito durante varias sesiones. Recién cuando Anthropic lanzó Claude Opus 5, al día siguiente, lograron que el modelo generara un código de explotación que sí funcionaba, algo que atribuyeron a una capacidad sensiblemente mejor del nuevo modelo para razonar sobre el comportamiento de la memoria bajo condiciones reales de explotación.

    La prueba sin cruzar la línea

    Con el acceso ya logrado a la cuenta de Codex de un empleado, el equipo envió una solicitud de extracción (pull request) hacia el repositorio de código privado de OpenAI, agregando apenas un texto identificatorio y enlaces a sus propias cuentas de la red social X, como prueba de que habían llegado hasta ahí. Los investigadores remarcaron que detuvieron ahí la investigación de forma deliberada, sin acceder a información sensible de la compañía, y reportaron los hallazgos de inmediato en lugar de seguir explorando el acceso obtenido.

    Qué hizo OpenAI

    OpenAI confirmó una solución apenas 14 horas después de recibir el reporte, restringió los permisos de los tokens de inicio de sesión de su comunidad y revocó las sesiones afectadas. El 1 de septiembre, la compañía pagó una recompensa de 6.500 dólares al equipo, aunque aclaró un matiz importante: el monto reconocía específicamente el hallazgo sobre su propia infraestructura de identidad, ya que las pruebas directas contra el foro alojado en Discourse quedaban fuera del alcance formal de su programa de recompensas, según The Hacker News.

    La lección de fondo

    Más allá del caso puntual, el episodio funciona como una señal de alerta para toda la industria de la ciberseguridad. Los propios investigadores remarcaron que el ataque completo demandó apenas unos días de trabajo de un agente de IA y unas pocas horas de intervención humana directa, y advirtieron que, a medida que cada nueva generación de modelos se vuelve más capaz de razonar sobre vulnerabilidades técnicas complejas, las suposiciones de seguridad de cualquier empresa necesitan actualizarse al mismo ritmo que las capacidades de quienes podrían intentar explotarlas.